jueves, 15 de mayo de 2008

DESOCUPADO. RAYMOND CARVER

Los que eran mejores que nosotros vivían cómodamente en casas recién pintadas con inodoros a botón en todos los baños.
Manejaban autos de modelo y marca reconocibles.
Los que no tenían trabajo, estaban apenados, no les iba bien.
Sus autos extraños estaban estacionados sobre cajones, ‘al fondo’ de casas polvorientas, donde se amontonaban infinidad de objetos inútiles.
Los años pasan y todo y todos son reemplazados.
Existen siempre, es lo que dicen, nuevas oportunidades.
Pero, para decir la verdad, a mí nunca me gustó el trabajo. Mi objetivo era permanecer desocupado. Ese era mi mérito. Me gustaba la idea de sentarme en una silla, hora tras hora, frente a la casa, sin hacer nada con un sombrero sobre mi cabeza y tomando una gaseosa. ¿Qué hay de malo en eso? Fumar, escupir de vez en cuando. Tallar madera con mi cuchillo. ¿Hay daño en esto? En ocasiones salgo con mi perro a perseguir conejos. Tenés que hacerlo alguna vez. A veces levanto a un chico gordo y rubio como yo, Diciéndole: "¿De dónde te conozco?".
Nunca digas: "¿Qué querés ser cuando seas grande?"

Vos no sabés lo que es el amor y otros poemas (Buenos Aires, 1989)

lunes, 12 de mayo de 2008

Domingo Arena


Hace pocos días se cumplieron dos años de la muerte del gran escultor Domingo Arena. Desde este blog nos apropiamos de las palabras de despedida que la periodista Cristina Matta publicara en su momento en diario Norte y se las ofrecemos a ustedes, hipotéticos lectores de Cuna, para que juntos y de la mano de Cristina recordemos y celebremos a semejante artista:


Diario Norte, 8 de mayo de 2006

Los teléfonos tienen la impresentable habilidad de sonar en el día equivocado, a la hora equivocada, con mensajes equivocados. Esta vez sonó y merecía se lo callara de un "tubazo". La voz del otro lado, serena pero quebrada de su esposa Mecha Ojeda anunciaba que Domingo El Tano Arena había fallecido ayer por la mañana, muy temprano.La frase penetró hasta estrujar el corazón y, tan pronto como eso, la vida salió disparada. Comenzó a correr con el dedo apoyado en la tecla que acelera las imágenes para repasarlas hacia atrás y hacia delante. En esa precipitada sucesión de cuadros El Tano Arena apareció cuando vino a instalarse en el Chaco a comienzos de los ’60 seducido por las maderas de sus montes. Italiano de nacimiento, naturalizado argentino y residente en Buenos Aires había comenzado con la escultura en 1955, arte en el que se consideraba autodidacta más allá de su contacto e intercambios con grandes referentes del género.Al menos dos conocidos talleres —uno, en la primera cuadra de López y Planes, y el otro en Roque Sáenz Peña al 600— fueron sus sitios preferidos para la experimentación, la creación, la presencia de visitantes interesados en saber de su obra o la charla con amigos. Celosa y prolijamente, El Tano cubría cada una de sus obras, acomodaba las herramientas, convivía con sus árboles frutales y aceleraba un mate para compartirlo. Su taller era su universo. Ahí transcurrían sus días, se resguardaba de ese mundo que giraba afuera; y quien allí entraba, seguramente, no podía salir indemne.En el dintel de madera de una de las puertas, el artista escribió con firmes trazos de tiza: "Nunca entregues las alas". Así fue para él. A rajatablas. Y así lo transmitía. Apasionado, infatigable, de una conducta inquebrantable y de principios libertarios, El Tano "tiraba la bronca" rebelado contra las injusticias de su tiempo. "La realidad de las mayorías es así, dura, dolorosa, con sabor a protesta y ganas de cerrar los puños. Y porque es así, quien quiera identificarse con ellas tiene, inexorablemente, que hablar con este mismo idioma", escribió en uno de sus catálogos.De esa manera vivió y concibió una producción que lo representaba cabalmente. Como un grito. A sus magníficas obras en madera —caracterizadas por sus volúmenes netos, de construcciones geométricas, marcadas aristas y con la figura humana siempre insinuada— le sucedieron las esculturas en bronce a las que les dio aire de seres alados y el movimiento concedido por las bisagras. Para entonces, lo obsesionaba perfeccionar el sistema denominado "a la cera perdida", al que consagró demasiado tiempo y esfuerzo hasta en la construcción de su propio horno de fundición.Ese era el Tano. Los premios le sucedieron a partir de 1958 y se multiplicaron sin detenerse. Conquistó salones nacionales y regionales para llegar al Gran Premio de Honor del Salón Nacional de Artes Plásticas en 1978, con su obra Tango. Los halagos, sin embargo, no lo cambiaban. Por el contrario, con el tiempo se volvió más exigente y menos concesivo, al punto de no aceptar nuevas invitaciones para exponer ni para participaciones públicas. Pero jamás dejó de trabajar ni de experimentar.La rutina diaria del Tano Arena con la escultura no tuvo pausas. No la tuvo, tampoco, en su incursión por otros trabajos. En ellos aplicaba los conocimientos de matricería y de los numerosos oficios ejercidos en la juventud, que le daban un sólido basamento. En su último taller —en el del barrio San Cayetano— conservaba sus obras, exhibía sus delicadas realizaciones en cuero y no dejaba de enseñar. En ese lugar se dedicó a disfrutar de la vida familiar y a ver crecer a sus hijos más pequeños. Domingo El Tano Arena tenía 79 años. La edad no aporta más dato que aquel del implacable cumplimiento del ciclo vital. El era y seguirá siendo el maestro que —pipa en mano y en la boca— levantaba su brazo en un encendido reclamo, el que recorría con los dedos curtidos sus obras para brindar una enseñanza, el que señalaba con energía la falta de rigurosidad en el hacer y el que se divertía contando acerca de la fonda El Pinchazo en sus épocas de boyero en los arreos de la pampa bonaerense.Mario Nestoroff le dedicó el poema Luz, que expresa en sus últimos versos: "En el palacio del Maestro Arena hay luz. / Un cincel rebrilla al aire de la noche compacta. / El taller del Maestro Arena está lleno de tallas, / de maderas esperanzadas... / La simpleza es palabra de honor en esta sala. / Veo la luz desde lejos. Vengo de las sombras. / Soy invitado a pasar, / a recibir una ración gratificante de luminosidad". El Tano marcó caminos. "Si logro dar a mis esculturas una aproximación de lo que me conmueve puedo sentirme, entonces, en algo justificado". Puede partir en paz el maestro. Nada de lo intensamente vivido fue en vano. Su palabra, su entrega, su creación, su descendencia confirman su luminoso paso por este mundo.

CRISTINA MATTA

lunes, 5 de mayo de 2008

Chiqui Figuera - Nuestro representante en la Feria del Libro de Buenos Aires

Efectivamente, nuestro contacto en Baires hizo lo que esperábamos de él: dejó a un lado todo aquello que tuviese que ver con el evento "Feria del libro", viajó a la ciudad de La Plata (cuna del mejor rock argentino de la actualidad) y allí vivió historias indecibles, que pasarán a formar parte en la brevedad de sus mejores memorias del subsuelo. Lo que ven arriba es un retrato del muchacho, mientras seguimos esperando su vuelta y le decimos que no, que no tenga miedo, que cuando esté de vuelta en Resistencia no le pasará nada.

domingo, 27 de abril de 2008

Cuatro perras noches - Por Virginia Feinmann


El libro es lindo por donde se lo mire. Las tapas negras, los sombreados, ilustraciones originales y una letra delicada prometen desde un primer momento calidad. Y eso es lo que encontramos, de la página 001 hasta la 120 (porque así están numeradas las hojas y esto también conspira para la rara belleza del ejemplar).
Cuatro perras noches, título sugerente que no tiene relación directa con los relatos que lo componen y que insinúa algún código interno entre sus jóvenes autores, reúne tres cuentos de Pablo Black, Mariano Quirós y Germán Parmetler, además de las ilustraciones (en las que sí puede advertirse la conexión canina) de Luciano Acosta.
El primero de ellos, “Jean-Jacques Hergé”, de Black, es, para comenzar, un texto en el que el idioma español y la ironía se usan con tanta fineza que deleitan y mueven a uno a leer párrafos en voz alta en medio del living vacío. Sumado a ello están los protagonistas de la aventura, personajes excéntricos y originalísimos cada uno, pero tan reales, tan vívidos, que permanecerán paseándose en los pensamientos del lector durante mucho tiempo después de cerrado el libro. Sí, sí, ya se verá usted como yo, un día cualquiera, esperando el 53 para ir a Plaza Flores y murmurando “¿pero por qué, Jean-Jaques, por qué?”. Black transita la aventura y la tragedia con un buen manejo del suspenso y los tiempos, y escapa de modo admirable a ciertos lugares comunes o desenlaces esperados (con un personaje gay, por ejemplo, que no por eso es acosador ni promiscuo ni enfermizo ni venenoso y cuya elección sexual no tiene en verdad ninguna implicancia en la historia).
Pasamos luego a “Contigo dos vidas”, de Mariano Quirós, que aporta una bienvenida cuota de humor y frescura a la compilación. La aparente falta de esfuerzo y naturalidad con que el autor cuenta una película vista por cable (cuando en verdad por detrás hay una enorme y logradísima técnica) generan el clima distendido de la charla sin importancia de tres amigos que beben en una noche cualquiera. Además, la narración hecha prácticamente en tiempo real (son 17 páginas de película) transmite una sensación que podríamos comparar, por ejemplo, con las sobremesas de Fontanarrosa en El Cairo; noches en las que, si abunda la bebida y hay alguien que acompañe o mínimamente escuche, un evento cualquiera puede ser comentado con el mayor de los detenimientos. La risa y la intriga que va provocando el relato llevan a creer por momentos que se trata de una película realmente graciosa, cuando en verdad –y no la he visto, pero puedo asegurarlo - eso se debe muchísimo menos a los hechos de la película que a la narración que se hace de ellos. Con lo que podemos afirmar sin temor a ser refutados que, a la manera de una adaptación a la inversa, “Contigo dos vidas”-cuento ha superado infinitamente a “Contigo dos vidas”-película.
Cierra el libro Germán Parmetler, con “Los paraísos”, un relato de profundidad inmensa, emotivo, plagado de talento y verdad en cada línea. En versión vernácula de la inolvidable Judy Jones de Scott Fitzgerald encontramos a Valeria, una composición impecable, una personalidad arrolladora que con cada cambio de ánimo sacude el alma de nuestro héroe enamorado. A través de las distintas estaciones, recorriendo kilómetros para unir Lagunas con General Baigorria (y entre diálogos elaborados con verdadera maestría) acompañamos al protagonista en sus intentos porque Valeria no se aleje de él. Y aunque las veleidades de la joven pueden llevar a muchos a endilgarle “the H word” (histeria) tan ligeramente endilgada a cualquier mujer, “Los paraísos” en realidad nos trae una situación más bien común, una tragedia eterna, la de aquellas parejas (¿todas?) en las que, simplemente, uno ama más que el otro, situación que no por común es menos dolorosa pero en la que nadie en verdad tiene la culpa, pues tampoco quien no puede alcanzar la altura del amor del otro disfruta con ello (y Valeria ciertamente no lo hace). Pero quizás el mayor logro del cuento sea el camino, el proceso. La certeza de que a los dolores es necesario transitarlos, y que en ese tránsito (y en ese transirse por el dolor), en agotar todos los intentos y las posibilidades y no negarle una sola lágrima a la experiencia, se está gestando la misma posibilidad de renacer.