martes, 18 de marzo de 2008

Bob Dylan tocó en un bar

por Fernando Parra
Primero, una anécdota: Bob Dylan llega a Ezeiza, es su segunda visita a la Argentina, año 1998. Su misión: ser soporte de los Rolling Stones. Algo particular si tenemos en cuenta las décadas de recelos e injurias contra la banda británica. En el aeropuerto no lo espera nadie dado un error por parte de los empresarios que organizan los conciertos. ¿Qué hace Dylan? Simple: se toma un taxi, un Peugeot 504 (digamos) y se va al hotel. Porque así es él. Buenos Aires, marzo de 2008. Esta vez no hay noticias sobre desembarcos inoperantes, pero Dylan sigue siendo el mismo en el escenario. Y qué importa si canta ¿mal?, si casi no mira al público, si no dice hola ni chau ni gracias, si casi no levanta los brazos, si no deja que la audiencia cante sola algunos estribillos clásicos, si no se pone la camiseta de la Selección ni le dedica una canción a Maradona. Qué importa si Dylan no hace ninguna de esas cosas que con tanta pasión espera el argentino promedio asistente a recitales sediento de estrellas internacionales habitualmente demagogas y complacientes. No importa nada más que su rotunda presencia, su elegancia, su voz rota, sus gestos de concentración, sus oídos estrictamente sujetos al sonido que emana de su impecable banda, esa vanidad que lo enaltece cuando deforma sus propias canciones porque son grandiosas y son suyas. Importa Dylan, y punto. No hay parafernalia estridente, a no ser por una buena iluminación y la voz en off de un presentador al inicio. La parafernalia es Dylan y su banda. Sin preludios, arranca con "Rainy Day Women", y la gente que no entiende muy bien qué está pasando. Sin pausas, como sucederá a lo largo de todo el recital, literalmente, procede con un golpe a los sentidos: "Lay, Lady, Lay", en una versión que difiere en casi todo a su original, y que el cantante balbucea pero tampoco es esto lo importante. Ya está claro, a esta altura, que Dylan merece otro nivel de análisis, muchísimo más amplio que aquello incluido a la típica reseña periodística. Esa es mi dificultad, en este momento, mientras escribo. Para la cuarta canción, Dylan suelta la guitarra y se para frente a los teclados, donde se quedará hasta el final. Es el único cambio escénico, y es casi imperceptible. "Masters Of War" suena desde el horror antibélico, desde un abismo negro donde algunas canciones siguen siendo las mismas porque hablan de aquello que nos sigue matando. Más tarde, "Things Have Changed" suena diferente a cuando ganó el Oscar como banda sonora por Wonder Boys pero galopa al ritmo de significaciones profundas, y temibles: Dylan nos cuenta que ya no tiene rabia, que ya no le importa nada de nada y que las cosas han cambiado irremediablemente. Esto es tan pero tan cierto. Prolija y sutil, aunque con Dylan recitando porque en efecto ya casi no canta, viene a erizarnos la piel "Just Like A Woman" y se forma un ambiente de amaneceres antiguos y un pasado con aroma a cuerpo de mujer. Suena "Honest With Me", más reciente, y por eso perfecta en su interpretación: dan ganas de fumarse un cigarrillo al borde de un acantilado y pensar en los viejos amores y en los años perdidos. Pasan los minutos, se acerca el epílogo de dos horas sin respiro, y el cierre es un grito de guerra: "Like A Rolling Stone". Grito, en lo literal, porque Dylan grita las estrofas, las llora, y porque estamos hablando de un himno (perdón por el lugar común) de toda una filosofía que no podría entrar en esta nota. Dylan viene a mostrarnos (al fin) la cara, y ahí están sus ojos tímidos y su sonrisa de niño introvertido, y parece que el viejo no sabe siquiera cómo reaccionar a los aplausos y exclamaciones argentas. Pero hay bises: los primeros acordes de "All Along The Watchtower" surgen de la nada con su contudencia de siempre, y se va la noche con una irreconocible "Blowin´ In The Wind". Quedaron fuera "To Make You Feel My Love", promesa promocional de gacetilla, "Knocking On Heaven´s Door", para elevar encendedores en el aire de Liniers, y la existencialista "Not Dark Yet", un hit personal. Y Dylan desaparece sin hablar (a excepción de una escueta presentación que hace de su banda) y me termino de dar cuenta de lo que me había estado pasando, esa sensación que no me entraba en el cuerpo: habíamos estado todo el tiempo en un bar, de paredes inciertas y al aire libre. Un bar, una noche, y Dylan haciendo covers de Dylan.

lunes, 3 de marzo de 2008

Cuatro Perras Noches - Un buen libro

CUATRO PERRAS NOCHES - Pablo Black - Mariano Quirós - Germán Parmetler - Luciano Acosta.
Dijo Alfredo Germignani:
"Cuatro perras noches es un libro que, desde el principio, viene mal parido. Afirmar esto no es poco, porque a los tres odiosos relatos que lo componen –dos cuentos y una novela corta–, se le suma una serie de caninas ilustraciones, que, siquiera en lo más exiguo, tanto lo último como los primeros, entre ellos y entre todos, no tienen nada que ver con nada. Ello no quita, sin embargo, que los diabólicos personajes secundarios de “Jean–Jaques Hergé” –sobretodo dos de ellos– atraviesen todo el texto como fantasmas o espantos, satélites que orbitan alrededor del protagonista y que construyen la atmósfera de una historia aterradora y eficaz. O que “Contigo dos vidas” piense, o mejor dicho, repiense, la película del director Bonnie Hunt, Return to me, desde un lugar común a través de tres personajes, excusa en realidad, para aventurarse a otro arte desde una estética literaria que prácticamente ya tiene voz propia. O que “Los Paraísos”, un tortuoso relato de amor, indague el interior de un individuo y lo deje salir; pero sólo a veces, sólo para que tengamos en cuenta que el paraíso es una forma de imaginar el recuerdo que de él se tiene. Nada impide que estos textos hablen con franqueza y se lancen a los caminos imaginarios de quien sepa –o quiera– tratarlos. Las ilustraciones funcionan como una especie de paradores en medio de una ruta desierta y hostil. Miguel Molfino asegura que en el Chaco no existió jamás una generación de escritores. Pero también augura que los síntomas de una generación de escritores estallan a los lejos, quizá no tan lejos, como estrellas a la mitad de una noche oscura. Pues bien, esas luces están aquí, en este libro".

Alfredo Germignani

viernes, 29 de febrero de 2008

CUNA - Octava Edición


Néstor Melgratti en la Feria del Libro - Poética de la Ciencia


Quienes por cuestiones de trabajo, placer, o porque no tienen nada mejor que hacer, pasamos demasiado tiempo en el Centro Cultural Nordeste, en el marco de la 8va Edición de la Feria del Libro Chaqueño y Regional, podemos asegurar que de la gran cantidad de presentaciones que se llevaron a cabo hasta el momento, la que se lleva los aplausos y la aprobación por unanimidad es la del gran Néstor Melgratti. El jueves 28 fuimos privilegiados testigos de la performance de una mente superior, delirante y lúcida a la vez. ¿Quién se atreve a pedir disculpas si lo que está leyendo o presentando supera el coeficiente de su eventual auditorio? ¿Quién más puede hacer de la Ciencia, de la única Ciencia, la carne con la cual quiere acostarse cada noche?
Sépanlo: Melgratti está un paso más allá que todos nosotros. No es raro que le digamos loco.

miércoles, 20 de febrero de 2008

"Mañana en un dial misterioso"

Por Augusto de Claraval

Esta mañana subí al auto. Tengo auto, soy un tibio burgués o eso simulo ser moviéndome en auto. Además, soy un burgués valiente: subirse a un auto en Resistencia es permitir que aumente la posibilidad de quitarle unos cuantos años a tu vida. En el auto, enciendo la radio: tengo cinco opciones preestablecidas. Por primera vez, recorro el dial indefinidamente y me detengo en uno que nunca antes había escuchado con demasiada atención. Obviamente, no puedo nombrarlo.
El tema de la semana, parece, es Fidel Castro, su renuncia por enfermedad y ausencia de lucidez a seguir siendo el líder de Cuba. Más temprano en la mañana, trabajando, yo mismo había estado con ese tema, y tenía bien en claro que el anuncio de Castro, mediante una columna publicada en el Granma (diario oficial del país caribeño, unos papelitos casi translúcidos que informan sobre las vicisitudes del bloqueo norteamericano, día a día), andaba circulando por todos los rincones del planeta (salvo
adonde no llega Internet, obvio).
Resulta que, detenido en ese misterioso dial de la radio, escucho a una señorita anunciar que en breve tratarán el tema del día: el adiós de Fidel. Sin querer, por algún contrapunto que surge con su compañero de trabajo, se ponen nomás a hablar de la cuestión y aquello de "en breve" se convirtió de pronto en "de inmediato". Todo bien, lo que dice, en forma de reseña, no me mueve ni un pelo. Algo en su voz (agradable) me mantiene en el dial. Sigo ahí. Y sigue todo bien, hasta.... que la señorita se mete en el laberinto de la pobreza, en este caso la cubana, claro.
No soy susceptible a los escándalos, y por lo general me importan muy poco. Pero algo, en ese momento, me rompió soberanamente la paciencia. Comparto muchas de las opiniones populares que existen con respecto a Cuba, sobre Castro, sobre la situación del paisito cubano en el contexto internacional. Pero el tema de la pobreza.... me jode. "Ojalá esto sirva como una apertura", dice la locutora, en referencia a la salida de Fidel. "Y que esa apertura, bueno.... democrática, ojalá que ayude a que retorne la dignidad del pueblo cubano, sumido en la pobreza". Si la radio del auto me lo hubiese permitido (soy un simulacro de burgués pero mi auto cuenta con muy pocas funciones) hubiera puesto rewind para escuchar eso una vez más.
Cuba es un tema claramente debatible, interesante, en todo sentido, menos en este último. Si estuviésemos en Suecia, o en Noruega, o en algún país de esos, tan uniformes, tan lineales, acaso pudiéramos horrorizarnos ante la "falta de dignidad" de los cubanos, y sobre todo ante su pobreza, y nada de esto sería extraño. Lo que me resulta insólito es que una manada de argentinos podamos realmente (pensándolo, meditándolo, respirando profundo y razonando cuanto sea posible) hablar con aire lejano sobre la pobreza del otro.... de Cuba, de Haití o de cualquier otro lugar del mundo.
El compañero locutor, muy sensato él, le sugiere a la locutora que debería tener en cuenta algunas virtudes del régimen cubano y menciona a la educación y a la salud. Dos verdades. "Sí, claro.... eso es cierto", reconoce la locutora, pero no puede consigo misma y procede: "Pero prefiero no tener educación, ni salud.... y no vivir encerrada en una isla".
No se puede decir mucho más al respecto.
Podemos discutir sobre la dignidad, sobre qué es la dignidad, sobre carencias de todo estilo. Sobre que viajar es un detalle al que muy pocos acceden, y que en la Argentina todos tienen permiso para viajar, pero no el dinero para hacerlo. Y que además de no tener "dignidad", en nuestro país, los pobres no tienen educación, y tampoco salud. Eso sí, en cualquier momento se pueden tomar un crucero a Miami, porque no están encerrados en una isla. Esa es nuestra suerte, pobres esos indignos cubanos....