lunes, 9 de agosto de 2010

Nuestra encuesta

En nuestra primera encuesta, los datos recabados nos permiten hacer la siguiente lectura: hubo 27 personas dispuestas a perder su tiempo participando, tal vez con ganas, tal vez para ver qué pasaba. No hay mucho que agregar al respecto. O no tenemos ganas. En todo caso, gracias por participar.

martes, 3 de agosto de 2010

Arquitextos exaspera



Por Pablo Black
Lo de Arquitextos exaspera. No digamos crispa, porque en estos días ése es un término del enemigo, de Biolcatti por ejemplo. Mejor decir exaspera, una palabra que difícilmente usaría el enemigo, quizás porque la considere inofensiva, poco derrocadora. Lo de Arquitectos exaspera, entonces, porque no puede ser que la queja de una funcionaria desinformada y mala leche —sólo alguien con mala leche y terriblemente obtuso puede acusar de apología a la pedofilia a quienes simplemente crearon una excelente herramienta de trabajo, y creo que al respecto la discusión no da para más—, no puede ser, decíamos, que la indignación temerosa e interesada —como suelen ser las indignaciones burguesas— de esa funcionaria, indignación que habría que haber dejado rápidamente en su justa medida, es decir, en nada, haya generado un escándalo de proporciones que terminó por enfrentar a quienes no debía haber enfrentado, no al menos por tan poca cosa. Es cierto, lo primero que dijo Tete Romero fue que el libro Arquitectos sería inmediatamente sacado de las escuelas, pues su contenido, como aclararon una y otra vez sus mismo hacedores, había sido pensado para el uso de adultos y no de aulas de escuela. Pero cuando poco después se supo que el Estado jamás había entregado ni entregaría el libro a las escuelas, la comedia ya había comenzado y había quedado en evidencia el primer error de Romero, o sea salir a decir que sacaría de las escuelas un libro que nunca había estado en ellas, cosa que en muchos despertó la impresión de que el tipo se había dejado llevar por la escandalizada señora. Lo que en términos concretos, tenga o no Romero sus razones, fue así. El segundo error de Romero, quizá el único de importancia, fue no haber admitido en ningún momento su metida de pata, su equivocación, su apresuramiento, y salir a decir como si no hubiera dicho nada antes que el libro nunca había estado en las escuelas. Una actitud que, naturalmente, despierta sospechas. Pero de ahí a acusar al tipo de traidor, me parece que hay demasiado, diría que es casi irse a la mierda. No hay dudas de que Romero debe disculpas y explicaciones a varias personas a las que su error —o quizás algo más que error, pero definitivamente no traición—, haya molestado e incluso desilusionado, pero llamarlo traidor o facho… qué quieren que le diga, habla muy mal de quienes —y me incluyo, por supuesto— desde siempre lo hemos considerado un valioso hermano frente al colchón de injusticia, ignorancia y gorilismo sobre el que aún despertamos todos los días. Y no hace falta desplegar un currículum de Romero para probar lo que digo, sólo se requiere memoria a corto plazo. Entiendo perfectamente la indignación de, por sólo mencionar a uno, Marcelo Caparra por ejemplo, la entiendo porque yo también sentí lo mismo, pero también sé cuáles son los verdaderos enemigos, y, ¡por dios!, Romero no es uno de ellos. Que tipos de indudable valor como Marcelo Caparra y Tete Romero terminen enfrentados por esto, es simplemente papita para el loro, y ya se sabe que el loro está ahí, escuchandolo todo. Por mi parte prefiero pensar que estas son cosas que suelen suceder en tiempos de vacaciones y feria judicial. Por suerte ya comenzaron las clases y se reanudaron las actividades del Juzgado Federal, donde podemos encontrar una buena muestra, es cierto que exagerada y grotesca, de quienes son el verdadero enemigo.

viernes, 30 de julio de 2010

¿Qué te pasa profe? ¿Estás nervioso?

Es lamentable lo ocurrido con el libro Arquitextos. En principio porque el bullicio generado en los últimos días por el “alto” contenido sexual de algunos de sus textos, opaca el muy buen trabajo desarrollado y encabezado durante más de dos años por los escritores Mario Caparra y Roberto Mateo. En una provincia y en un país que están muy pero muy lejos no sólo de la escritura, sino de la lectura, la tarea de estos dos escritores —que se vio enriquecida con el aporte de Lucas Ameri y Marina Coronel— resulta casi épica. Puede dar testimonio de ello la gran cantidad de personas —docentes, bibliotecarios, alumnos, público en general— que participa cada vez que se anuncia la realización de estos talleres literarios.
“Tomemos la palabra” es el nombre de la red de talleres itinerantes, que hace poquito cruzó las fronteras chaqueñas y llegó a Las Toscas. Un título por demás acertado, porque de algún modo si algo demanda cada momento histórico, es que nos adueñemos siempre de las palabras. Cosa de poder escribir nosotros, cada vez, tal o cual momento histórico, sin esperar a que nos lo escriban. Y adueñarse de las palabras significa, en buena medida, decir las cosas como son. Si quienes se vieron ofendidos por el contenido de Arquitextos hubiesen leído la consigna propuesta en el libro, es probable que el debate hubiese cobrado algo de vuelo. Pero es evidente que no. Que no leyeron. De otro modo no se hubiesen “asustado” u “ofendido”, y hasta hubieran podido ofrecer argumentos que escaparan, que trascendieran aquello de la moral y las buenas costumbres. Podrían haber mencionado, por ejemplo, el mucho o escaso valor estético de los textos en cuestión; se podrían haber planteado si expresan transgresiones o meras formas del mal gusto. Muchas cosas podrían haber dicho. Pero no. Eligen siempre lo más elemental: la integridad de los chicos. Vamos. Los chicos no comen vidrio.
Mientras manifestamos nuestro escándalo por la impresión de palabras “fuertes”—que dicho sea de paso, nadie lee; porque ése es otro tema: nadie lee; y usted, señora profesora, usted, señor profesor, y usted, señor funcionario, leen aun menos que nadie— entregamos a los chicos, cuyo futuro tanto nos preocupa, a la basura de la televisión, la basura de los noticieros, la basura de las páginas web, de los teléfonos celulares, de los bailes del caño, de las motocicletas, del consumo idiota y sin criterio. ¿O no? ¿No hay escuelas, acaso, que anhelan participar del programa de Tinelli? Media pila entonces.
Lo único positivo que deja este escándalo tan absurdo, es que a la hora de horrorizar, los libros pueden mucho más que cualquier otra cosa. Ahora nos vamos a una ronda de lectura con los chicos del barrio: hoy nos toca el Marqués de Sade.

jueves, 29 de julio de 2010

ARQUITEXTOS: LA BURRADA EN LA QUE INCURREN ES SEMEJANTE AL DEDO EN EL ORTO QUE LE METIERON A OSCAR WILDE PARA SABER SI ERA PUTO O NO


Por Alfredo Germignani


En El escritor y sus fantasmas, de 1963, un brillante ensayo que revuelve en las tripas mismas del oficio de escribir, Sábato explica: “Hay probablemente dos actitudes básicas que dan origen a los dos tipos fundamentales de ficción: o se escribe por juego, por entretenimiento propio y de los lectores, para pasar y hacer pasar el rato, para distraer o procurar unos momentos de agradable evasión; o se escribe para buscar la condición del hombre, empresa que ni sirve de pasatiempo, ni es un juego, ni es agradable”. La observación es harto acertada y aquellos escritores que han dedicado sus vidas enteras a explorar los abismos de la condición humana lo padecieron en el cuerpo. No me cabe ninguna duda que Bukowsky, de no haberse encontrado con la literatura, lo hubiesen metido en algún hospital mental. Que Miller, que en la Francia de los años 30 hasta dormía debajo de un puente distinto cada noche y a duras penas, pasando hambre, parió Trópico de cáncer, por cuya obra enfrentó un procesamiento por obscenidad en su país. Y es que al polémico autor estadounidense le encantaba meterle el dedo en el culo a la América puritana e hipócrita de entonces. Y hacía muy bien. Más atrás en la historia, en la Francia napoleónica, el Marqués de Sade escandalizaba con sus novelas Justine o los infortunios de la virtud e Historia de Aline y Valcour, y por ellas y otros textos lo metieron en un pozo hediento durante más tres décadas. Más acá, el genio de Fernando Pessoa adolecía minado por el alcohol; ni siquiera él –que fue un grande con mayúsculas– pudo evitar el desgarramiento que le causó el acto de la escritura de batalla desde las fosas más oscuras de la condición humana.
La polémica surgida alrededor de dos páginas del libro Arquitextos en Coronel Du Graty no hace más que multiplicar estos fantasmas. Más allá de que se trata de un valioso texto que recogió el trabajo de dos años de taller de la dirección Letras del Instituto de Cultura en distintas localidades de Chaco, y de los evidentes esfuerzos de censura que se procuran algunos sectores de la sociedad –oficiales y no–, resulta sorprendente el espanto, el pavor que le producen a ciertas personas encontrarse en un texto de literatura con las palabras pene, pija, verga, poronga, garcha, concha, clítoris, culo, coger, mierda, puto, ponerla, chota, etcétera. Y lo que resulta más increíble todavía es que al no comprender por qué y para qué están puestas ahí, cómo están puestas ahí, las tilden de heréticas y encima les arranquen las hojas al libro. Y mucho peor todavía es que a unos de los poemas –uno en verdad bonito de la poeta Miryam Castillo de Barranqueras–, por uno de sus versos que reza empalmándose, cogiéndose niños, lo señalaron de incitar a la pedofilia. Está muy en claro que esta gente no lee ni el almanaque.
Claro, como era de esperar, los cuervos de algunos medios están empezando a editorializar el tratamiento de la información como se les da la gana. Lo único que les interesa es hacerse un festín. Un periodista llegó hoy a decir incluso que bueno, que él no había estudiado sobre esto, que él era apenas un comunicador y no era quién para opinar. Pero, por supuesto que esos textos son réprobos, declaró. La burrada en la que están incurriendo es sólo semejante a la ignominia que sufrió Oscar Wilde, cuando le metieron el dedo en el orto para saber si era puto o no, y no felices con esto, después lo mandaron a la cárcel condenado a trabajos forzados. Allí, escribió dos de sus obras más hermosas, De profundis y la conmovedora Balada de la Cárcel de Reading. Uno de las estrofas de ésta última, dice: “Éramos como hombres que por un pantano / de inmunda oscuridad avanzan tanteando; / no nos atrevíamos a susurrar una oración / ni a dar suelta a nuestra angustia; / algo había muerto en cada uno de nosotros / y lo que había muerto era la esperanza”. Es cierto. Hasta de la misma mierda puede salir un buen poema.

lunes, 19 de julio de 2010

La igualdad y la pasión según Margarita Belén


Por Jorge Giles


La historia danza la más maravillosa de sus músicas, y el pueblo está de fiesta. La democracia se profundiza al compás de la igualdad, mientras somos un poquitín más libres desde la sanción de la ley del matrimonio igualitario.
No hay sensación de vértigo, sino apenas una brisa que despeina y alborota los sentidos. Es así de sereno, porque el modelo de desarrollo en curso tiene los tientos más firmes que nunca.
Los demonios se desvanecen en su propio azufre. Sin darnos cuenta, estamos inaugurando y protagonizando una nueva etapa en la cultura de esta nación.
Enhorabuena que sea así.
Mientras Baltazar Garzón se llena de afectos en la ex ESMA y en la AMIA, residencias de nuestros mayores dolores, se juzga en Resistencia, Chaco, el asesinato a mansalva de una treintena de militantes peronistas presos durante la dictadura.
Hablamos hoy desde este lugar, recordando al juez español que mantuvo viva esta causa durante los años en que el modelo neoliberal amenazaba con sepultarnos en el olvido con sus leyes de impunidad.
Junto a Marcela Bordenave y al Maestro Alfredo Bravo fuimos hasta sus orillas en aquellos tiempos oscuros a pedirle solidaridad. Y vaya si fue solidario con la memoria popular.
No son pocos los que sufrieron las estaciones del calvario que precedió a la matanza de aquel 13 de diciembre de 1976 en las afueras de un pueblo chaqueño llamado Margarita Belén y hoy dan su testimonio.
No esconden sus temores ni sus dolores en la tibia comodidad de un olvido miserable.
Con el ala herida, vuelan sobre las ausencias y testimonian hasta donde pueden.
Estar allí, frente a los asesinos de tantos compañeros, es ponerse a prueba con uno mismo. Es decir y decirme que no quiero ser la imagen de mi propio dolor.
Detrás del dolor, el dolor.
A esa sensación remite testimoniar en un Juicio Oral frente a los genocidas. No ser preso del dolor eterno, es el desafío.
Del odio, hace rato que escapamos.
Hay que seguir viviendo, nos dicen los muertos desde algún misterio.
Es necesario no ponerle adjetivos a la memoria, por eso el primer sustantivo es el relato de la propia muerte. Después, traer esa muerte al presente. Desenterrarla, tocarla con las yemas de los dedos, acariciarla, refrescar la frente del compañero y su martirio, hablarle al oído y decirle “estoy acá”, como queriendo decir un imposible.
Me siento en el lugar que corresponde al testigo y la imagen que veo es la del cura Brisaboa, capellán de la U7, hablando de su Dios, del martirio de Jesús, de escucharlo decir con voz temblorosa, delante de los guardias, que “han matado al Obispo Angelelli aunque la dictadura diga lo contrario”.
Y Brisaboa se convierte en Jesús y entonces los presos lloran con él en una misa de dolor compartido. Si pudiera, el cura de los calabozos estaría celebrando misa al aire libre con su hermano de fe sancionado en Córdoba.
Los viejos halcones de la guerra no son más que viejos bravucones llenos de odio. Si ayer quebraban huesos en las salas de tormentos, hoy pretenden quebrar la voluntad con la mirada hiriente.
Los ex presos de la dictadura que declaran tienen canciones en los labios. Y las dicen con ternura en nombre de los muertos.
Fernando Piérola, uno de los masacrados, reía cuando una compañera presa le cantaba, o él creía que le cantaba, “Escríbeme con tintas de violetas en un papel de amor color ausencia…”
La marchita tronó en la cárcel el día que los sacaron. Y la cantamos todos, peronistas y no.
Y el Flaco no se va, y el Flaco no se va… Pero Néstor Sala se fue.
Lo arrancaron de un tirón de nuestras manos.
En el Juicio, los muertos no regresan en rencores sino en amor y poesía. Aunque la sangre se subleva buscando a Patteta, el que dicen que tiró el escopetazo final contra el cuerpo herido de mi hermano, el Flaco. Quiero saber quién es. Y por fin lo encuentro. Es el lado oscuro de la belleza humana. Es su negación. Es mi vergüenza de ser parte de la misma especie. No me cabe entender tanta maldad.
Rindo mi homenaje al guardia aquel que arriesgando su vida me alcanzó un papel con los nombres de los que iban a ser trasladados hacia la muerte.
Y pregunto a los jueces: “¿Y los demás civiles donde están? ¿Dónde los que fueron socios de estos uniformados de ayer? ¿Quién escribió los fallos, los decretos-ley, los bandos militares, los expedientes, los partes de prensa, los archivos, los pases de entrada y salida? ¿O querrán que creamos que fueron todos militares? ¿Quiénes fueron los jueces y los fiscales y los secretarios y los pinches de todos?”
Es preciso hacer justicia para la liberación definitiva de la palabra. Y para lograrlo, anhelo que el Tribunal convoque a todas las personas que tengan algo para decir. No sólo por obligación moral, sino por igualdad ante la ley.
Hay que ir a fondo, ahora que podemos. Lo digo. Lo espero.
Y por que los muertos en Margarita Belén merecen que honremos las últimas palabras del Flaco Sala cuando lo alzamos así, mírenme, así, entre los brazos y nos dijo:
“Compañeros, se que nos sacan para matarnos…Pero quiero que sepan que moriré de pie, peleando como pueda, a los mordiscones si estoy atado. Todos los que hoy nos sacan de la cárcel, los que están aquí adentro y los que esperan afuera, son culpables ante la historia, culpables de la miseria del pueblo y culpables de nuestras muertes. Sólo quiero pedirles que cuenten de esta matanza a mis hijos cuando ellos tengan edad de entender que pasó en la Argentina de estos años y a mi compañera cuando puedan verla…de nada vale este sacrificio nuestro si ustedes no siguen peleando por mantener viva la memoria popular; por eso, cuéntenle a nuestro pueblo porqué nos asesinan y porqué decidimos morir de pie… ¡Libres o Muertos, Jamás Esclavos!”
Estas palabras fusiladas, con los dedos en V, volvieron a vivir entre las paredes del Tribunal que juzga a los genocidas. Y esta vez, todos escucharon.
Los criminales también.