Artista rosarino. Pueden verlo en la revista Fierro. Es genial (y absurdo).miércoles, 2 de abril de 2008
martes, 1 de abril de 2008
martes, 25 de marzo de 2008
Raymond Carver - Robamos un poema
Miedo
Miedo de ver una patrulla policial detenerse frente a la casa.
Miedo de quedarme dormido durante la noche.
Miedo de no poder dormir.
Miedo de que el pasado regrese.
Miedo de que el presente tome vuelo.
Miedo del teléfono que suena en el silencio de la noche muerta.
Miedo a las tormentas eléctricas.
Miedo de la mujer de servicio que tiene una cicatriz en la mejilla.
Miedo a los perros aunque me digan que no muerden.
¡Miedo a la ansiedad!
Miedo a tener que identificar el cuerpo de un amigo muerto.
Miedo de quedarme sin dinero.
Miedo de tener mucho, aunque sea difícil de creer.
Miedo a los perfiles psicológicos.
Miedo a llegar tarde y de llegar antes que cualquiera.
Miedo a ver la escritura de mis hijos en la cubierta de un sobre.
Miedo a verlos morir antes que yo, y me sienta culpable.
Miedo a tener que vivir con mi madre durante su vejez, y la mía.
Miedo a la confusión.
Miedo a que este día termine con una nota triste.
Miedo a despertarme y ver que te has ido.
Miedo a no amar y miedo a no amar demasiado.
Miedo a que lo que ame sea letal para aquellos que amo.
Miedo a la muerte. Miedo a vivir demasiado tiempo.
Miedo a la muerte.
Ya dije eso. "
Miedo de ver una patrulla policial detenerse frente a la casa.
Miedo de quedarme dormido durante la noche.
Miedo de no poder dormir.
Miedo de que el pasado regrese.
Miedo de que el presente tome vuelo.
Miedo del teléfono que suena en el silencio de la noche muerta.
Miedo a las tormentas eléctricas.
Miedo de la mujer de servicio que tiene una cicatriz en la mejilla.
Miedo a los perros aunque me digan que no muerden.
¡Miedo a la ansiedad!
Miedo a tener que identificar el cuerpo de un amigo muerto.
Miedo de quedarme sin dinero.
Miedo de tener mucho, aunque sea difícil de creer.
Miedo a los perfiles psicológicos.
Miedo a llegar tarde y de llegar antes que cualquiera.
Miedo a ver la escritura de mis hijos en la cubierta de un sobre.
Miedo a verlos morir antes que yo, y me sienta culpable.
Miedo a tener que vivir con mi madre durante su vejez, y la mía.
Miedo a la confusión.
Miedo a que este día termine con una nota triste.
Miedo a despertarme y ver que te has ido.
Miedo a no amar y miedo a no amar demasiado.
Miedo a que lo que ame sea letal para aquellos que amo.
Miedo a la muerte. Miedo a vivir demasiado tiempo.
Miedo a la muerte.
Ya dije eso. "
martes, 18 de marzo de 2008
Bob Dylan tocó en un bar
Primero, una anécdota: Bob Dylan llega a Ezeiza, es su segunda visita a la Argentina, año 1998. Su misión: ser soporte de los Rolling Stones. Algo particular si tenemos en cuenta las décadas de recelos e injurias contra la banda británica. En el aeropuerto no lo espera nadie dado un error por parte de los empresarios que organizan los conciertos. ¿Qué hace Dylan? Simple: se toma un taxi, un Peugeot 504 (digamos) y se va al hotel. Porque así es él. Buenos Aires, marzo de 2008. Esta vez no hay noticias sobre desembarcos inoperantes, pero Dylan sigue siendo el mismo en el escenario. Y qué importa si canta ¿mal?, si casi no mira al público, si no dice hola ni chau ni gracias, si casi no levanta los brazos, si no deja que la audiencia cante sola algunos estribillos clásicos, si no se pone la camiseta de la Selección ni le dedica una canción a Maradona. Qué importa si Dylan no hace ninguna de esas cosas que con tanta pasión espera el argentino promedio asistente a recitales sediento de estrellas internacionales habitualmente demagogas y complacientes. No importa nada más que su rotunda presencia, su elegancia, su voz rota, sus gestos de concentración, sus oídos estrictamente sujetos al sonido que emana de su impecable banda, esa vanidad que lo enaltece cuando deforma sus propias canciones porque son grandiosas y son suyas. Importa Dylan, y punto. No hay parafernalia estridente, a no ser por una buena iluminación y la voz en off de un presentador al inicio. La parafernalia es Dylan y su banda. Sin preludios, arranca con "Rainy Day Women", y la gente que no entiende muy bien qué está pasando. Sin pausas, como sucederá a lo largo de todo el recital, literalmente, procede con un golpe a los sentidos: "Lay, Lady, Lay", en una versión que difiere en casi todo a su original, y que el cantante balbucea pero tampoco es esto lo importante. Ya está claro, a esta altura, que Dylan merece otro nivel de análisis, muchísimo más amplio que aquello incluido a la típica reseña periodística. Esa es mi dificultad, en este momento, mientras escribo. Para la cuarta canción, Dylan suelta la guitarra y se para frente a los teclados, donde se quedará hasta el final. Es el único cambio escénico, y es casi imperceptible. "Masters Of War" suena desde el horror antibélico, desde un abismo negro donde algunas canciones siguen siendo las mismas porque hablan de aquello que nos sigue matando. Más tarde, "Things Have Changed" suena diferente a cuando ganó el Oscar como banda sonora por Wonder Boys pero galopa al ritmo de significaciones profundas, y temibles: Dylan nos cuenta que ya no tiene rabia, que ya no le importa nada de nada y que las cosas han cambiado irremediablemente. Esto es tan pero tan cierto. Prolija y sutil, aunque con Dylan recitando porque en efecto ya casi no canta, viene a erizarnos la piel "Just Like A Woman" y se forma un ambiente de amaneceres antiguos y un pasado con aroma a cuerpo de mujer. Suena "Honest With Me", más reciente, y por eso perfecta en su interpretación: dan ganas de fumarse un cigarrillo al borde de un acantilado y pensar en los viejos amores y en los años perdidos. Pasan los minutos, se acerca el epílogo de dos horas sin respiro, y el cierre es un grito de guerra: "Like A Rolling Stone". Grito, en lo literal, porque Dylan grita las estrofas, las llora, y porque estamos hablando de un himno (perdón por el lugar común) de toda una filosofía que no podría entrar en esta nota. Dylan viene a mostrarnos (al fin) la cara, y ahí están sus ojos tímidos y su sonrisa de niño introvertido, y parece que el viejo no sabe siquiera cómo reaccionar a los aplausos y exclamaciones argentas. Pero hay bises: los primeros acordes de "All Along The Watchtower" surgen de la nada con su contudencia de siempre, y se va la noche con una irreconocible "Blowin´ In The Wind". Quedaron fuera "To Make You Feel My Love", promesa promocional de gacetilla, "Knocking On Heaven´s Door", para elevar encendedores en el aire de Liniers, y la existencialista "Not Dark Yet", un hit personal. Y Dylan desaparece sin hablar (a excepción de una escueta presentación que hace de su banda) y me termino de dar cuenta de lo que me había estado pasando, esa sensación que no me entraba en el cuerpo: habíamos estado todo el tiempo en un bar, de paredes inciertas y al aire libre. Un bar, una noche, y Dylan haciendo covers de Dylan.
lunes, 3 de marzo de 2008
Cuatro Perras Noches - Un buen libro
Dijo Alfredo Germignani:
"Cuatro perras noches es un libro que, desde el principio, viene mal parido. Afirmar esto no es poco, porque a los tres odiosos relatos que lo componen –dos cuentos y una novela corta–, se le suma una serie de caninas ilustraciones, que, siquiera en lo más exiguo, tanto lo último como los primeros, entre ellos y entre todos, no tienen nada que ver con nada. Ello no quita, sin embargo, que los diabólicos personajes secundarios de “Jean–Jaques Hergé” –sobretodo dos de ellos– atraviesen todo el texto como fantasmas o espantos, satélites que orbitan alrededor del protagonista y que construyen la atmósfera de una historia aterradora y eficaz. O que “Contigo dos vidas” piense, o mejor dicho, repiense, la película del director Bonnie Hunt, Return to me, desde un lugar común a través de tres personajes, excusa en realidad, para aventurarse a otro arte desde una estética literaria que prácticamente ya tiene voz propia. O que “Los Paraísos”, un tortuoso relato de amor, indague el interior de un individuo y lo deje salir; pero sólo a veces, sólo para que tengamos en cuenta que el paraíso es una forma de imaginar el recuerdo que de él se tiene. Nada impide que estos textos hablen con franqueza y se lancen a los caminos imaginarios de quien sepa –o quiera– tratarlos. Las ilustraciones funcionan como una especie de paradores en medio de una ruta desierta y hostil. Miguel Molfino asegura que en el Chaco no existió jamás una generación de escritores. Pero también augura que los síntomas de una generación de escritores estallan a los lejos, quizá no tan lejos, como estrellas a la mitad de una noche oscura. Pues bien, esas luces están aquí, en este libro".
Alfredo Germignani
Alfredo Germignani
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

